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        ASAMBLEAS BARRIALES: BANFIELD Y VERSALLES

PODER CIUDADANO

Surgieron luego de la caída de Fernando De la Rúa como una nueva forma de hacer política a cargo de los ciudadanos. Luego de nueve meses, las asambleas de cada barrio buscan satisfacer las necesidades sociales que el gobierno de Duhalde ignora.

LUCIANA MERCURIO
luciana@soutiendenoticias.zzn.com

Veinticuatro horas antes, nadie entre los oprimidos podía imaginar que veinticuatro horas después estarían derribando al gobierno. Menos aún, que con esa rebelión engendraría un movimiento independiente de asambleas barriales, quizá el más importante producto social y cultural desde el Cordobazo. Ambas cosas ocurrieron. Desde el 21 de diciembre, toda la vida social se aceleró al ritmo de la crisis política.

El pueblo dijo basta

El presidente Fernando de la Rúa tuvo que irse por la "puerta trasera" de la Casa Rosada. Faltaban ocho minutos para las ocho de la noche del miércoles 19 de diciembre del año 2001. Atenazado entre la parálisis gubernamental y una imprevista rebelión popular, huyó custodiado en un helicóptero entre las primeras sombras del anochecer.
Una multitud descontrolada gritaba "¡que se vaya!" a pocos metros. Decenas de miles habían copado la Plaza de Mayo en reacción masiva y espontánea al decreto de estado de sitio: la única orden sería en dos años de gobierno.
Un estruendoso ruido de odio y cacerolazo lo separaban de la masa insubordinada. Sin embargo, el jefe de Estado no se daba por enterado. Su pequeño entorno, el silencioso lujo del poder y una muralla policial que a esa hora ya tenía 23 muertos bajo sus pies, lo convencían de que seguía siendo presidente.
Antes de irse, como si la cosa no fuera con él, arrojó la cabeza del repudiado ministro de Economía. Pero todo siguió igual, alguien le dijo que no era suficiente. Entonces anunció la renuncia de todo su gabinete, y la gente no se dio por enterada. Sorprendido, llamó a la oposición y le ofreció la mitad del poder, como si la otra mitad existiera. Un corresponsal que cubría la Casa Rosada a esa hora crucial, contó en privado esto: "Ya no quedaba nadie, sólo algunos asesores, el personal de seguridad y su hijo menor, era el jefe de Estado más solitario que he visto en las últimas décadas".

Entonces se fue

Un presidente de papel lo sucedió por dos días para entregar la investidura a otro que duró diez días. Éste, sitiado por un segundo cacerolazo y sin apoyo en su propio partido, voló sin aviso a su lejana provincia. Desde allá renunció, vestido en camisa manga corta y rodeado de la misma familia atónita que había llevado al paseo más corto por la Quinta de Olivos. A más de mil kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, no sabía a quién pasar los bártulos presidenciales que por olvido se llevó puestos. Los confió a las manos de un ayudante que estaba tan sorprendido como el resto del mundo. Los trajo a la Capital y los puso en el lugar correspondiente, a la espera de que apareciera otro presidente.
A esas horas de la noche del 31 de diciembre, cuando el año también se iba, una llamada desde Norteamérica descubrió la crudeza de la crisis gubernamental en la Argentina. Collin Powell, secretario de Estado, pidió que lo comunicaran urgente con el Jefe del Estado. Como nadie contestaba, llamaron a un número "más privado" y respondió un funcionario sin rango de la Casa Rosada: "No hay presidente a esta hora", fue lo que le informaron.

Los culpables en la mira

Desde entonces, los de abajo se negaron a soportar más a los de arriba. Pero éstos, empezaron a sentir que tampoco podían seguir gobernando como antes. Aunque siguieran gobernando. En realidad comenzaron a vivir muy intranquilos.
Las agresiones a importantes personajes o símbolos de la política nacional y provincial se hizo moneda corriente. Gritos ofensivos, empujones, incluso trompadas fueron el mecanismo de desahogo social utilizado como venganza de la impunidad.
Sectores de las clases explotadas y otros que se habían deleitado con la fiesta menemista entraron en movilización permanente. Cada capa del tejido social fue removida y lanzada a las calles. El barrio fue el punto de partida, la asamblea el organismo de militancia, la plaza el espacio, la palabra el instrumento y hacer política una necesidad de su existencia.
La clase media y los desocupados entraron en acción masiva a partir de un odio acumulado sin salida individual. La virgen de Luján, las inmolaciones, la queja cotidiana, la fantasía de Ezeiza y hasta los confesionarios del psicoanálisis, repletos en los meses previos, no eran suficientes.
Descubrieron entre el 19 y el 20 de diciembre que podían echar al ministro de Economía más odiado desde Martínez de Hoz (1976), y al presidente más débil desde Arturo Illía (1962). En el mismo acto inventaron un movimiento social sin precedentes.

El nacimiento de una nueva corriente popular

Las asambleas comenzaron a juntarse desde el propio 20 de diciembre en medio de la rebelión. Fueron el invento del primer cacerolazo. Pero a partir de febrero se dio la formación definitiva de este movimiento. Como son los casos de las asambleas de Banfield y de Versalles.
Ambas comenzaron siendo grupos de personas muy reducidas que se reunían en las plazas del barrio, donde trataban temas que perjudicaban a los vecinos de la zona. La situación crítica del país hizo que, desde el desocupado hasta el profesional, se junten para pelear por una causa en común, todos en calidad de nuevos pobres o amenazados de tal. Un buen día se encontraron, para su propia sorpresa, asumiendo un rol político que jamás habían imaginado.
En el verano, el tiempo libre hizo que la concurrencia sea mayor, con respecto a los meses siguientes. En un principio había alrededor de 50 personas, pero con el paso del tiempo los vecinos priorizaron sus ocupaciones personales dejando de lado la participación en las asambleas.
En el caso de la agrupación del sur bonaerense, la asistencia fue disminuyendo por el anuncio de las próximas elecciones para presidente en el 2003. "La gente se abrió cuando el Estado estableció la manera de poder participar en la designación para Jefe de Estado", dijo Raúl Gómez, integrante del movimiento.

En busca de soluciones

En estos momentos sólo 20 individuos se reúnen semanalmente en el Club Ceibo, ubicado en Rincón 234. "Los que vamos siempre somos 5 o 6, el resto viene esporádicamente o participa por mail", agregó Gómez. Cuando se juntan los sábados el tema central es "¿que vamos a hacer con la asamblea?", o sea cual es el objetivo de este movimiento. Los asambleístas proponen que se institucionalice la agrupación a través de una reforma constitucional para que la gente común pueda decidir si algún político no debe seguir con su cargo porque no cumplió con sus promesas: "Es una propuesta de largo alcance, no es inmediato."
Gómez explicó que la democracia mostró un problema y es que el voto de los ciudadanos es un cheque en blanco que se le entrega a la delegación que asume el poder. "Durante 4 años ellos hacen lo que quieren, nadie los controla. Nuestra idea es poder participar a través de una consulta popular" agregó el integrante de la asamblea de Banfield.
Respecto a este tema existen dos grandes corrientes: unos que piensa que el problema es que hay políticos corruptos, pero hay otra gente que sostiene que la única solución es controlarlos. No quedarse simplemente con el voto, sino incidir en lo que hace. "Estas diferencias hacen que las asambleas no tengan una idea clara y se dediquen a otros temas" agregó Gomez.
En el caso de la de Versalles, el tema central es la inseguridad. Horacio González, el líder del movimiento, explicó que la gente de Fuerte Apache cruzaban por los puentes de Tinogasta y de Beiro hacia su zona y robaban a los vecinos. "Le exigimos a la policía que pongan garitas para evitar más delitos", sostuvo González. Además se están ocupando del problema de las inundaciones del barrio vecino de Villa Real, donde fueron a conseguir adeptos que se unan en la lucha contra la delincuencia que afecta a todos.
Los sábados a la tarde en la Sociedad de Fomento "Liniers Norte", se llegan a reunir 20 vecinos que se preocupan por la situación del barrio de Versalles. Al igual que la de Banfield, no se divide en comisiones pero están representadas por un líder, que por lo general es el que lleva las propuestas a otras asambleas y participa de encuentros interbarriales.

En el caso de Gómez, él participo de un encuentro nacional de estos movimientos realizado hace unos meses en la Capital Federal. Ahí pudo comprobar las diferencias de pensamiento que existen entre las asambleas. Algunas consideran que la participación de ellas en el Estado sería negativa: "el objetivo es que sean un poder paralelo". Además resaltó que muchas están copados por partidos políticos, como el MTS y la Izquierda Unida, que las llevan por un camino equivocado.
Las asambleas de Banfield y de Versalles coinciden en que el movimiento es otra manera de la democracia. Es una forma de hacer política de los ciudadanos que quieren llegar a incidir en las decisiones que toma el gobierno para no quedarse marginado.

El cuento de las buenas elecciones

Para las asambleas los argentinos no aprendemos más: "nos siguen vendiendo gato por liebre", dicen respecto a las elecciones para presidente del 2003. Ellos consideran que son una falta de respeto al pueblo argentino porque sólo cambian figuritas y adentro siguen siendo los mismos. "Nosotros pretendemos que a través de un gobierno de transición se haga una reforma constitucional sobre la revocatoria de mandatos, o sea que todos los representantes se vayan y dejen el lugar a los nuevos elegidos", sostuvo Gómez. Por su parte, el líder de la asamblea de Versalles, coincide en que ese mecanismo debe ser incorporado en la Constitución Nacional.
La propuesta de la diputada Carrió, "que se vayan todos", coincide en que los representantes dejen sus cargos, pero difieren en la posibilidad de que retornen a sus puestos. "Lo que nosotros queremos es que es que se vayan y que no vuelvan más", señaló González.
La continuidad de un mismo Congreso genera desesperanza en las asambleas. Consideran de que el presidente que asuma el poder, ya sea Carrió, Zamora o quien venga, no va a poder gobernar frente un Estado colmado de justicialistas. "No va a ser un gobierno fuerte el que suba", remarcó Gómez.
Por último, las asambleas de Banfield y de Versalles sostienen que la única manera de que los corruptos se vayan es que sepan que van a tener a todo un pueblo controlando sus acciones. De esta manera van a poder surgir políticos honestos que saquen a un país que se desmorona día a día frente a los abusos del poder.

 

 

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